Además de crear máscaras para ocultar los rasgos y aspectos que no deseamos de nosotros mismos, también construimos nuevos rasgos opuestos a los indeseados con el fin de aparentar una personalidad contraria a la que somos (se recomienda leer previamente el artículo El Baile de Máscaras).
Pero, en el afán de ofrecer esa apariencia falsa, podemos hacer tanto hincapié que lleguemos a exagerar en exceso estos rasgos fingidos, haciéndonos caer inconscientemente en la pedantería e incluso en la arrogancia. Esto nos perjudicará, pues podemos llegar a presumir en exceso de los falsos rasgos y generar rechazo social y conflictos por ello.
Contradictoriamente, esta exageración ocurre precisamente por miedo al rechazo social, el cual nos impide aceptar ciertos aspectos de nuestra personalidad y, por tanto, creamos rasgos opuestos para ofrecerles a los demás una apariencia totalmente contraria a lo que verdaderamente somos.
Estamos ante un tema de suma importancia, pues estas máscaras con rasgos contrarios pueden llegar fácilmente a dominar nuestras vidas, haciendo que seamos muy rigurosos con ellas. Sobre todo exigiéndoles esos mismos rasgos a los demás, a la vez que alardeamos de que nosotros los poseemos y criticamos al resto de personas por no tenerlos. Y todo con el fin de dar más credibilidad a los rasgos falsos que nosotros mismos hemos creado.
Máscaras Psicológicas y Físicas
Las máscaras no sólo funcionan a nivel mental, también lo hacen a nivel físico. Por ello, todos intentamos ocultar o disimular esos rasgos fisiológicos de nuestro cuerpo que no nos gustan. Incluso podemos llegar a crear falsos rasgos físicos opuestos mediante el uso de postizos.
Ya sea en el cuerpo o en la mente, la no aceptación de nuestros aspectos puede llevarnos a obsesionarnos y desarrollar lo que en psicología se denomina “complejo”. Los complejos pueden amargarnos la vida, pues son fuente de problemas, ansiedades y depresiones, y son uno de los pilares fundamentales del sufrimiento humano.
Recordemos que debemos tener siempre presente que todo esto ocurre de manera inconsciente. Es muy importante tenerlo en cuenta.
Nuestras Tres Personalidades
De todo lo explicado podemos deducir que poseemos tres personalidades: la que ven los demás, la que creemos tener y la que verdaderamente somos.
La personalidad que ven los demás es el resultado de aplicar nuestras máscaras.
La personalidad que creemos tener es la imagen que nos hacemos de nosotros mismos. Esta imagen suele estar muy distorsionada por nuestras creencias, temores y todo aquello que habita en nuestra mente, siendo por ello muy diferente a la realidad. Por ejemplo, no vemos lo exagerados que somos con nuestras máscaras contrarias.
La personalidad que verdaderamente somos es nuestro auténtico yo, sin máscaras y sin distorsiones en su percepción. Llegar a conocerla es difícil, porque para ello tenemos que descubrir primero todas esas máscaras que nos hemos puesto. Cuanto más conscientes hagamos esas máscaras y más entendamos sus motivos y propósitos, más nos iremos conociendo a nosotros mismos.
Y el conocimiento y la aceptación de nuestra verdadera personalidad nos hará libres, porque nos liberará de la presión ejercida por querer mostrar a la perfección todas esas máscaras, pues ya no nos serán necesarias.
En nuestro verdadero yo encontraremos cosas indeseables, pero también cosas muy ventajosas y beneficiosas. E incluso nos daremos cuenta que gracias a esas cosas indeseables pueden existir las otras cosas beneficiosas, pues ambas son dos caras de una misma moneda.
Lo sufrido en el pasado te ha convertido en una persona introvertida, recelosa, que busca estar protegida y sentirse segura en todo momento, de modo que eres muy reacio/a a mostrar tu interior, expresar tus sentimientos y compartirlos con los demás, lo que ciertamente genera dificultades de relación y un estado de incomodidad para todo el mundo.